Una empresa sin estrategia comercial

Puesto que soy traductora ante todo y después gerente de empresa y, por lo tanto, quiero trabajar codo a codo con mis suministradores, he decidido no aplicar un margen fijo a las tarifas de subcontratación. Siempre revendo las palabras y jornadas de interpretación con el mismo recargo de tarifa por unidad.

Es decir que si un suministrador baja su precio, yo también bajo el mío en vez de aumentar mi margen, pero también significa que, si el precio de base es elevado, el mío seguirá el movimiento.

Mi estrategia es simple: todos estamos en el mismo barco y cada uno es responsable de su oferta y de su tarifa. Si un intérprete es caro, es su decisión. Yo no reduzco mi margen porque, con mi método de cálculo de tarifa, no puedo. No soy una jefa de proyecto malévola que, de todas maneras, revende la prestación de servicio a un 200 % de su precio inicial, con lo cual es inútil pedirme una tarifa exorbitante pensando que me basta con coger una comisión más baja. Si el cliente no acepta el presupuesto, qué se le va a hacer, ambos seremos responsables. Además, los lingüistas que trabajan con Fairtrad saben que cuando no ganamos un mercado les envío un correo electrónico anunciando a qué precio se atribuyó el contrato. Siempre hay algunos en el grupo que habían pedido más que los otros, y eso está muy bien, porque cada uno debe asumir su propia posición en el mercado.

Por último, esta es la única forma de practicar una « prestación de servicios equitativa »: la ausencia de margen fijo elimina en seguida la posibilidad de explotar a los proveedores, que son profesionales libres y que tienen la libertad de aplicar su tarifa sin sufrir presiones, pues yo no vendo una traducción al precio fijado por el cliente, sino al precio fijado por el mercado.

Y el mercado, somos nosotros.

¿Por qué los intérpretes son tan caros?

Esta pregunta me la hacen varias veces por semana.

 

Por ello, dispongo de algunas respuestas listas para usar:

–  Un intérprete trabaja en profesión liberal y debe pagar la cuota patronal y salarial, por lo que la mitad de sus ingresos se va en impuestos (igual ocurre con los traductores).

–  Como todo trabajador autónomo, el intérprete no está seguro de trabajar todos los días. En consecuencia, sus tarifas se basan en una media de jornadas trabajadas/año. Basta con hacer una comparación con un consultor externo, un grafista, un informático… los profesionales que trabajan como autónomos son más caros que los empleados. Es lógico.

–  Una misión, por mucho que sólo dure unas cuantas horas, requiere, por lo menos, un día previo de preparación (búsqueda de documentación específica y de terminología, llamadas y reuniones con el cliente), así como un tiempo de desplazamiento que también será facturado si el viaje se realiza el día que precede la misión. Todo esto justifica que los intérpretes no apliquen una tarifa por hora, sino exclusivamente tarifas diarias: el esfuerzo es el mismo por tres o por seis horas de interpretación.

–  Se trata de un oficio muy agotador que no admite ninguna pérdida de eficacia o de calidad. Se requiere una gran concentración y un tiempo de descanso entre las intervenciones y las misiones con el fin de preservar la voz y mantenerse reactivo. Por eso los intérpretes son unos maniáticos de los programas: ¿A qué hora van a comer? ¿A qué hora es la pausa para ir al servicio y para el café? ¿Cuántas pausas hay? ¿Cuántas personas participan? Son agotadores, pero es porque nosotros los agotamos también.

–  La especialización, el hecho de que no lo puedan remplazar por cualquiera, se paga. El intérprete tiene títulos de enseñanza superior, se mantiene permanentemente informado y actualizado en sus áreas de especialización y se ejercita en la interpretación, incluso cuando no trabaja. A menudo añade lenguas de trabajo y continúa formándose durante toda su carrera. Lamentablemente, asimismo tiene la nefasta costumbre de alimentarse durante sus ocupaciones puramente intelectuales.

Hago un llamado a mis colegas para completar esta lista: envíen sus comentarios y compartan con nosotros su experiencia sobre cómo se desarrolla su jornada de trabajo y su argumentación para responder a un cliente que lo considera muy caro.

Revisión y corrección

Los clientes suelen preguntarme si efectivamente envío las traducciones a un segundo lingüista para este efectúe una « corrección ».

En realidad, los clientes se refieren a la « revisión », que consiste en cotejar paso a paso los textos de origen y de destino para garantizar la buena comprensión del texto por parte del traductor y controlar que no hay omisiones o errores de copiado y pegado en las cifras y los nombres propios, así como en la corrección de la redacción, la gramática y la terminología. Asimismo, en el caso de grandes proyectos que requieren la participación de varios traductores, la revisión permite uniformar el estilo y el glosario. Así pues, esta tarea hay que confiársela a un traductor con el mismo nivel de competencia y la misma combinación lingüística que el o los traductores que hayan intervenido en el primer texto. El precio medio de este servicio representa un 50% del coste de la traducción. Es decir que, si la traducción cuesta 10, la revisión costará 5 y el precio total de producción se elevará a 15.

La corrección, en cambio, sólo incluye una rápida lectura del texto traducido para corregir los errores estilísticos y gramaticales más importantes, y únicamente se hace una comparación con el texto de origen para asegurarse de que no hay omisiones o si el texto traducido es incomprensible. A menudo, en las agencias, este trabajo lo realiza un jefe de proyecto de la misma agencia, no necesariamente lingüista, cuya lengua materna coincide con el idioma de destino del texto, pero que no comprende perfectamente idioma de origen (por supuesto, aún así, la agencia aplica la tarifa de « revisión » al cliente). Si se le confía esta labor a un lingüista, este último facturará aproximadamente un 20% de la tarifa de traducción. También puede ocurrir que decidamos confiar la corrección a una persona altamente competente en el campo de especialización tratado en el texto que conozca con exactitud los términos utilizados y la formulación usual de las frases en los documentos redactados por los profesionales del sector, incluso si esta no habla el idioma de origen. Por ejemplo, podemos acudir a un cirujano si en el texto se describen nuevos instrumentos quirúrgicos. Y si el profesional tiene alguna duda, lo ponemos en contacto directo con el traductor para que este le explique lo que ha traducido y cómo. En este caso, el coste es tan elevado como el de la revisión, y hasta más.

Igualmente se puede pedir el servicio Superlujo solicitando tanto la traducción y la revisión por parte de un segundo lingüista como la corrección de un especialista. ¡Todos los días sueño con tener un cliente así de exigente!

It’s a wild word

A veces recibo publicidades de agencias de traducción que se jactan de aplicar tarifas insuperables por una calidad ejemplar. Algunas me proponen servicios finales a un precio muy inferior del que yo misma pago a mis proveedores.

La primera pregunta que siempre me viene a la mente es « ¿y cómo hacen? »

Es cierto que cada idioma tiene su precio y que este depende de la demanda, de la rareza y del país donde reside el lingüista. Por ejemplo, el islandés y el japonés son muy caros. Y, contrariamente a lo que pudiera pensarse, el chino también puede resultar costoso porque, del mismo modo, hay que considerar un tercer factor: el idioma de origen. Por supuesto, una traducción del alemán o del finés al chino es mucho más cara que una traducción del inglés al chino (a título informativo, el inglés es el idioma de origen más común teniendo en cuenta todas las combinaciones lingüísticas). Además, yo, por mi parte, prefiero a un traductor chino que viva o haya estudiado en Alemania antes que a uno que nunca haya salido de su país ya que la calidad de una traducción depende en gran medida del conocimiento del país, de la actualidad y de la cultura de la lengua de trabajo.

Por otro lado, también existe un precio relacionado con la experiencia del lingüista: un traductor con poca experiencia cobrará menos que uno experimentado. En efecto, este último puede ofrecer un trabajo de calidad que no necesita la intervención de un experto en el área para mejorar o corregir el texto, lo que evita gastos adicionales.

Justamente, por estar consciente de todo esto, no logro entender cómo se pueden proponer tarifas mucho más bajas que la media, para todos los idiomas, y, al mismo tiempo, pretender ofrecer un alto nivel de calidad final.

Por lo tanto, he decidido solicitar a todas las agencias que me contacten a partir de hoy una información detallada acerca de la metodología y los recursos utilizados y compartir las respuestas con ustedes en este blog, sin mencionar el nombre de la agencia, a través de un análisis.

Mientras tanto, por favor, si usted ya ha descubierto dónde se encuentra el maravilloso País de los Lingüistas Profesionales Baratos, ¡no dude en comunicarnos la información dejando un comentario!

Los trucos de la competencia

En la página « ¿Cuánto cuesta?« , hago referencia a un método utilizado por algunas agencias de traducción para reducir sus costes de producción: emplear traductores con poca experiencia, menos caros, y confiar la revisión a un traductor experimentado.

Yo no estoy de acuerdo con este método porque, además de ser poco deontológico, también resulta peligroso.

El primer riesgo es inherente a la calidad inicial. Una traducción realizada por un traductor con poca experiencia, es decir, con una práctica limitada en la materia, tiene muchas posibilidades de incluir desaciertos, pesadeces estilísticas y hasta errores terminológicos. Aun corregido por un lingüista muy bueno, un texto de mala calidad seguirá siendo mediocre. El estilo es a la traducción lo que los ingredientes son a la cocina: si se escatima en los productos básicos, el plato nunca será de excelente calidad, por mucho que lo haya preparado un gran chef.

El segundo riesgo es el de perder buenos colaboradores. Un buen profesional, si siempre se ve en la obligación de reescribirlo todo, terminará rechazando las revisiones. Enviar un texto de mala calidad a un buen traductor para que se encargue de la revisión equivale a decirle claramente que lo que menos nos preocupa es la calidad y que no estamos dispuestos a retribuir correctamente a los profesionales con su nivel de experiencia. En consecuencia, el día en que necesitemos un trabajo de alto nivel, ya sea para traducir o revisar un texto muy especializado, ninguno de nuestros proveedores experimentados querrá trabajar con nosotros.

Por último, me niego a aplicar a los servicios lingüísticos una política que sería inaceptable para cualquier otro tipo de servicio. Imagine que, a cambio de una reducción del 20%, su peluquero le propusiera dejarse cortar el cabello por un aprendiz prometiéndole corregir los errores de su colega en caso de problema. Imagine que su fontanero le hiciera la misma propuesta para reparar un escape. ¿Usted correría el riesgo? Yo no.