Lo que una pequeña agencia puede aportar de más (1)
Pienso que ya es hora de hablarles un poco de mí. Antes de fundar Fairtrad, trabajé como traductora autónoma para varias agencias de traducción, después como traductora asalariada y, finalmente, como jefa de proyecto, un cargo que incluía la coordinación de los traductores externos, la gestión de las relaciones con las grandes agencias de traducción y el seguimiento de la calidad. Por lo tanto, alternativamente fui proveedor y cliente, y pude observar y entender « los dos lados de la fuerza ». Precisamente, quise fundar mi propia agencia como una continuación de esta experiencia y tras constatar que la calidad, que lo es que se destaca en toda comunicación comercial, no era constante y, sobre todo, que no era la principal preocupación. En verdad, el precio siempre acapara una buena parte de las negociaciones a pesar de que, al fin y al cabo, no es tan difícil establecer un proceso que permita ofrecer una relación calidad-precio justa y eficaz.
También entendí cuáles eran los errores más frecuentes de los proveedores de servicios lingüísticos y cuáles eran los errores de estrategia de sus clientes.
Ahora sé que hasta las grandes agencias pueden entregar prestaciones de baja calidad, y yo sé por qué. En realidad, les falta algo que de ninguna manera pueden permitirse ofrecer: tiempo. Un grupo de talla importante exige márgenes importantes, y la productividad está estrechamente vinculada con el tiempo que se le dedica a un proyecto. La necesidad de ser rápidos y de manejar la mayor cantidad posible de demandas hace que los jefes de proyecto no estén al tanto de todos los detalles relacionados con la demanda del cliente. Las informaciones y demandas provienen de diversas fuentes (cliente, lingüistas y redactores) y varias personas se encargan de transmitirlas (múltiples interlocutores con diferentes niveles de responsabilidad, asignación de la gestión del cliente a otros jefes de proyecto según las necesidades de la agencia). Por consecuencia, algunas informaciones se pierden, en particular las que son muy detalladas. Un ejemplo práctico: trabajo como correctora para una gran agencia que traduce todas las comunicaciones de una empresa muy importante. Desde hace dos años he podido comprobar que, pese a mis correcciones, las traducciones que reviso siempre tienen los mismos errores. Por ello, tomé la iniciativa de elaborar un glosario para someterlo a la aprobación tanto de la agencia como de su cliente y así garantizar la coherencia terminológica y una calidad constante. Sin embargo, no he vuelto a tener noticias del glosario y he podido observar con claridad que nunca se lo transmitieron a los demás traductores que participan en el proyecto. Sencillamente, la agencia nunca se tomó el tiempo necesario para explicar al cliente la importancia de este glosario y, menos aún, el dinero que hubiera podido ahorrarse elaborando una memoria de traducción y un glosario oficial. Tanto mejor para mí. Así siempre seré indispensable como correctora porque, por ahora, todo está en mi cabeza… Queda el hecho de que esta agencia, que es líder del mercado, insiste en pagarle cada vez menos a sus traductores cuando más bien podría economizar dinero instaurando un proceso de seguimiento más eficaz, pero que exigiría más atención y tiempo. Como también intervengo como traductora, hasta puedo comunicarme directamente con los redactores de los textos, lo cual no es muy deontológico, pero mis demandas de información suelen quedar sin respuesta. Efectivamente, aparte del cliente, que paga, todos los demás elementos de la cadena (agencias de comunicación, directores de marketing internos y asociados) consideran que la gestión de la traducción es una pérdida de tiempo. Y tienen razón, ese no es su trabajo, es el de la agencia. Pero, la agencia se encarga igualmente de otros proyectos y sólo puede concentrarse en los problemas principales, lo que la lleva a deshacerse de una parte de la carga de trabajo dejando que el cliente y sus agencias de comunicación se pongan en contacto directo con sus propios subcontratistas. Esto no es una cuestión de transparencia, sino de falta de compromiso. El hecho de que el texto, cuya redacción por parte de las grandes agencias publicitarias le resulta muy caro al cliente, esté mal traducido, tenga errores ortográficos o pierda la fuerza y el estilo inicial, no representa más que un detalle. Los traductores también están de acuerdo. Les pagan tan mal que no le dan vueltas al asunto, sobre todo cuando a todo el mundo parece preocuparle poco. En Fairtrad, es otra historia, una historia que puede leer aquí.

